Elegir.
Siempre hay una pequeña diferencia entre lo que elegimos y lo que queremos elegir. El hecho de que de vez en cuando coincidan ambos factores, jamás significa que esta diferencia no exista, solamente se traduce en que hemos elegido no seguir lo que dicta el raciocinio.
Hemos evolucionado durante millones de años. Aprendimos a caminar erguido, a adiestrar a nuestro cerebro a pensar, a crecer como civilización. Fuimos capaces de modificar el cauce de un río, de ganar la batalla más de una vez a la madre naturaleza. Llegamos a ser capaces de destruir a nuestros semejantes sin dilación.
Vimos la Luna a un paso. Por favor, ¡caminamos por la Luna!
Y aún así, seguimos eligiendo no elegir el raciocinio cuando la cuestión afecta al corazón. Un órgano que somos capaces de curar incluso cuando anda medio muerto. Que ponemos en marcha cientos de veces cada vez que decide pararse sobre una camilla de urgencias. Y somos incapaces de decidir protegerlo cuando el daño no es físico. Cuando la herida sangra por años.
Reímos y lloramos a la vez. Sentimentalmente hablando, somos una especie absurdamente incoherente. ¿Cómo puedes fiarte de lo que no dicta el raciocinio incluso cuando sabes que no te hará bien? Es como una estúpida manía de chocar contra un muro sin puertas. Un muro sin puertas y tú delante de él sin herramientas. ¿Ganamos a la madre naturaleza cientos de batallas y somos incapaces de ganar una mísera contra un sentimiento que bien podría definirse más como una manía obsesiva que como un bien social? Mmmm..Interesante. Eso no nos hace más inteligente. Ni más estúpidos. Nos hace...nos convierte en ceros nulos. Sonámbulos dependientes de una elección no racional.
A menudo, podría salvar a la mitad de la Humanidad a sabiendas de que éstos, cuando se hallan en tal tesitura (que por nuestra teoría ya sabemos qué camino escogen) alegando que no son plenamente conscientes del daño real de su elección. Si bien es cierto que el camino del "habemus cerebrum" también comporta ciertos daños para el individuo, obvia decir que tomamos como peores los de un desengaño, una infidelidad, etc. La producción literaria está llena de este dolor. (Joder, con ver la obra de Bécquer ya se te quitan las ganas de tener pareja de aquí a la tumba).
El cerebro suele perder la batalla en el 90% de los casos, si bien es cierto que las estadísticas no son fiables, este dato lo es al 100%. Pero con humor aparte, al final ganan las ganas, y dejamos al cerebro en formol el tiempo que tardemos en reaccionar y empezar a no dejar de pensar venga lo que venga, y sobre todo, venga quien venga.
Yo ya aprendí, la verdad, y en mi caso particular, me hace mucho más feliz mi raciocinio que la visceralidad. Y muy lejos de que me puedan llamar fría o cosas así, siento. Y mucho. Sólo que no tengo que dejarme llevar por un mar de amargura cada vez que alguien me haga daño ni sentir que mi pareja sea lo único que exista en el mundo cada vez que tenga pareja. Ni ese tipo de cosas. Soy un ser completo, y requiero muchas cosas, pero paradójicamente, son complementos en mi vida, de modo que si faltan, sigo siendo tan feliz como siempre, y sigo sintiéndome plena. Sigo siendo feliz.
Así que ahí dejo a los viscerales el vacío, que yo me voy a seguir disfrutando del mundo.